(Los textos publicados en este
espacio no comprometen la opinión de Andiarios, ni la de los
periódicos afiliados a la Asociación.)
Periodismo ciudadano, el regreso a nuestras raíces
profesionales
ÉLBER
GUTIÉRREZ ROA
[jefe
de redacción, El Espectador,
egutierrez@elespectador.com
]
Documento
de reflexión resultado del taller sobre Periodismo y
Formación de Ciudadanía realizado en Guayaquil, Ecuador, en
marzo de 2008. Este taller fue auspiciado por la Fundación
Universo y el Centro de Competencia de Comunicación de la
Fundación Friedrich Ebert
www.c3fes.net
El principal reto del periodista del siglo XXI es, como
antaño, el de permitir el surgimiento de las voces que aún
no han sido escuchadas debido a que la información mediática
sigue siendo construida a partir de las historias de los
poderosos.
Martín Caparrós, el reconocido periodista argentino que ha
contado de mil formas su visión sobre la realidad
latinoamericana, dijo la frase clave hace menos de un año,
durante un encuentro de comunicadores promovido por la
Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano: “Si todo lo que
ustedes han mencionado acá es periodismo ciudadano, creo que
desde siempre he sido periodista ciudadano sin saberlo”.
Le sobra razón al experimentado cronista, pues salta a la
vista que cada una de sus historias sobre desfavorecidos,
desde Argentina hasta la frontera norte mexicana, está
construida con el especial cuidado que significa,
precisamente, darle voz a los desfavorecidos.
Traigo a colación a Caparrós porque esa fue una de las
inquietudes más frecuentes durante el encuentro con los
periodistas ecuatorianos promovido por la Fundación Universo
a mediados de marzo de 2008. Preguntaban los colegas cuál
es la diferencia entre el periodismo ciudadano y el
“periodismo tradicional”. Algunos incluso consideraron
–basados en excelentes ejemplos de periodismo ciudadano
latinoamericano a través de Internet - que el punto que
marcaba la diferencia era que el periodismo ciudadano se
hacía con una mayor cantidad de recursos tecnológicos.
Quizá la duda surja a partir del hecho innegable de que el
apellido “ciudadano” le da a esa forma de periodismo un aire
pomposo similar al del “periodismo investigativo”. En lo
personal creo que, como en el caso del “investigativo”, el
periodismo ciudadano es solo un nuevo llamado de atención a
los comunicadores para que hagamos lo que siempre hemos
debido hacer: Buen periodismo. El apellido “investigativo”
siempre me resultó odioso porque daba a entender que solo
quien pertenecía al área investigativa en el periódico,
noticiero de televisión o emisora radial, se preocupaba por
contrastar la fuente, verificar más allá del boletín
oficial, buscar material adicional y balancear la
información.
Puede ocurrir lo mismo desde cuando, en los años 80, comenzó
a hablarse en EU sobre el periodismo ciudadano como aquel
ejercicio mediante el cual los medios de comunicación y sus
reporteros pensaron en la ciudadanía como actor primordial
de sus historias. Un actor que no solo no es pasivo ante la
información que recibe –ese mito fue superado hace casi un
siglo- sino que se nutre de los medios de comunicación en
el proceso de formación de eso que muchos llaman opinión
pública.
Me sedujo la idea del periodismo ciudadano entendido como el
menos mezquino a la hora de permitir que las vivencias,
inquietudes, necesidades, alegrías e inconformismos de la
gente queden reflejados en las historias. Me gustó porque
permite escapar al formato de las historias de 50 segundos a
las que nos tiene acostumbrados la televisión, sin contexto,
sin sabor. Pero luego de algún periodo de reflexión me
quedé como Caparrós cuestionándome sobre qué tan novedoso
era esto en relación con el periodismo tradicional. La
verdad, muy poco. Uno y otro buscan el bien común y
privilegian –al menos en teoría- la búsqueda de la verdad
sin importar si ello implica contradecir las versiones de
los poderosos. Si eso es periodismo ciudadano, creo, como
Caparrós, que lo he sido desde hace mucho tiempo sin
saberlo.
Cosa distinta es creer, como mencionaron algunos de los
colegas ecuatorianos, que la diferencia tiene que ver con
requerimientos técnicos. El periodismo es uno solo.
Cualquier comunicador puede ser o no buen periodista
independientemente de que lo haga en radio, televisión o
prensa escrita. Claro, las ventajas de Internet frente a
los medios tradicionales permiten superar barreras como la
de la extensión de los trabajos periodísticos, pero allí no
puede radicar la diferencia. De hecho, muchas empresas
dedicadas al entretenimiento utilizan las mismas
herramientas tecnológicas de manera especializada sin que
eso signifique que están haciendo periodismo ciudadano. La
diferencia no puede ser Internet, porque Internet es solo
una herramienta.
Cierto es, eso sí, que desde el punto de vista instrumental,
la manera más fácil, económica y efectiva de hacer
periodismo ciudadano es a través de Internet. No precisa de
una rotativa de 10 millones de dólares y ni siquiera de una
videograbadora de 10 mil dólares. Tampoco tiene limitantes
de extensión y puede llegar a una mayor cantidad de personas
sin restricciones de horarios ni ubicación geográfica. Con
una cámara de fotografía de uso familiar se pueden construir
excelentes historias, para lo cual solo se necesita que
tras el lente haya un buen periodista. Que sepa tomar
fotografías, que tenga idea de cómo subirlas a la web, que
sepa crear un blog y que pueda editar sus imágenes, pero,
muy especialmente, que sepa hacer periodismo con pasión,
con respeto por los protagonistas de las historias y con
verdaderas intenciones de colaborar para que los anónimos
de ayer tengan voz hoy.
Los grandes medios de comunicación del mundo no solo
invierten en tecnología para sus versiones impresas o
televisivas, sino que intentan hacer periodismo ciudadano
permitiendo incluso que sean los mismos usuarios de Internet
los que las cuenten. Lo más alarmante para muchos
periodistas es que los ciudadanos lo están haciendo mejor
que los profesionales de los medios de comunicación. En
Suecia, un blogger tumba una ministra de Estado, en
Londres, las fotografías y videos de los ciudadanos resultan
más oportunas que las de los medios tradicionales para
ilustrar los ataques terroristas en Londres, y en Colombia
aparecen ejemplos cada vez que de ilustrar una inundación se
trata.
Los
periodistas dejamos de contar las historias ciudadanas hace
mucho tiempo y por diversas razones. Desde los intereses de
los políticos poderosos y las presiones de nuestros jefes,
hasta la falta de recursos económicos y tecnológicos nos han
servido muchas veces de excusa para ignorar el poder de esas
voces que se levantan hoy a contar sus historias por sí
mismas ante el abandono al que también nosotros las hemos
sometido. No podemos ocultar que, en ocasiones, la pereza y
la falta de formación periodística han estado detrás de
disculpas como estas y otras.
Nos dábamos
el lujo de seguir haciéndolo mal porque sabíamos que nada ni
nadie nos pondría en evidencia, dado que la puja por la
primicia ayudó a homogenizar las agendas de los medios.
Ahora, los adelantos tecnológicos le han dado a la gente la
posibilidad de producir por su propia cuenta la información
que cada comunidad considera relevante. Podemos seguir
buscando excusas para eludir nuestra responsabilidad con la
sociedad o aprender de ella y repensar la forma en que
hacemos nuestro trabajo diario.